
Cuando me di por vencido, como
todas las personas, empecé a inventarla, me miraba al espejo y me repetía que
aquello que veía era lo cierto, que el suelo que pisaba era la firmeza que me
sostenía y que el maletín bajo mi mano contenía todas las respuestas que
pudiera estar buscando. Inhalaba y exhalaba el aire sin preguntarme de que
estaba hecho, convencido de que aquello era lo que ponía en marcha mis pulmones
y por ende mi corazón. Empecé con el tiempo a creer fervientemente que no había
nada tras lo que mis ojos miraban. Cono
cí a una mujer lo suficientemente bella
para pensar que estaba enamorado y con eso me bastó para ligar mi vida con una
ajena. Dejé pasar los días sin buscar en las esquinas del calendario indicios
de la existencia de algo más. Leía saltándome las pausas, me bebía la ciencia y
los discursos como tragos amargos sin reparar en los motivos de nada ni de nadie.
Maduré.
Aun así supongo que todo el
tiempo he sabido que la mentira más importante es la de creer que una búsqueda
puede terminar así sin respuestas y por el tedio. En el fondo se, como lo saben
todas las personas. Que la verdad es algo que uno encuentra cualquier tarde de
lluvia dentro de una hoja en blanco. No existe espejo más nítido que la
desnudez del papel que nos mira en espera de palabras. No hay más respuestas
que el silencio. Todo lo que es real vive en las pausas, en los intervalos, en
lo no dicho. Pero nuestro instinto ha sido y será siempre aniquilarlo,
escribir, hablar, movernos, borrar esa verdad que nos vigila.
Desde que la encontré. Como lo ha
hecho todo el mundo, la guardo en un cajón bajo llave, y mi mente hace lo mismo
con su recuerdo. Nadie vive de páginas en blanco.
Alexandra C.
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