martes, 11 de marzo de 2014

Esta noche te espero mirando al sol




Hay historias que sólo pueden contarse de cara a la pared. Mentiras que a fuerza de repetirse terminan por tomar vida propia. Amores que se alimentan de los tiempos que han pasado y vidas que mueren por exceso de porvenir. Y ahí estaba él, que no tenía más armas que las palabras dándole una quinta vuelta a la cama a causa de esa manía persistente de no poder dormir.
Garabatea unos versos tan infértiles como sus manos en el cuaderno que guarda en la mesita de noche. Mira la portada ya gastada por las lunas que lleva encima, de un pálido gris como si fuera la lápida de las palabras que yacerán ahí sin ser nunca pronunciadas.
“La noche es una hamaca tejida de suspiros.
 La luna el sol de los que pierden su destino”

No había nada más que hacer. Intentar cerrar los ojos nuevamente no remediaría la situación. Hizo memoria de las tazas de café bebidas durante el día pero la cuenta no le alcanzaba para cubrir las deudas del insomnio. Se arremolinó entre las sábanas como lo haría entre sus propios pensamientos, girando cada tanto de izquierda a derecha, de pasado a futuro y viceversa. Alguna vez en un cuento de niños había visto una ilustración que mostraba como la cama se convertía en un barco y en ella se podía ir flotando hacía… no recordaba hacía dónde navegaba aquella cama. Pero desde que tenía memoria había zarpado cada noche agarrándose de la almohada, intentando buscar alguna isla de su inconsciente dónde pudiera naufragar a salvo. La noche era el mar y los pensamientos tormenta y el no hacía más que virar el timón a merced de las constelaciones del silencio.
“Andamos por el mundo creyendo saber que eventualmente algo ocurrirá, esperando, como si estuviéramos eternamente sentados en el banquillo de una estación de trenes. Hora tras hora, días, luego siglos, eternidades completas; en una eterna espera que poco a poco se transforma en desesperanza. “
Mira nuevamente las manecillas de su verdugo, luego mira el teléfono, pantallas negras que no se dignan a encender una luz en la oscuridad.
“¿Y cuál es la luz que buscamos?, ¿La de otro cuerpo? Vivimos pensando que el amor es la cura de todos los males, nos montamos en los otros como si fueran trenes sin preguntar hacia dónde van, esperando llegando a alguna parte, esperando que alguna vez, sólo una vez, uno de ellos sea el que nos lleve a algún sitio, cualquiera, nos bastaría con aterrizar del eterno recorrido. Viajeros sin hoja de ruta, sin horarios, sin tiempos y con maletas que se van haciendo más difíciles de arrastrar con el peso de los años y el paso de los daños”
Pone de lado la pluma haciendo un ruido seco contra la madera, la mira detenidamente, sabe que es una extensión de su propia mano, y su mano cuando la toma se vuelve una extensión de su propia alma, si es que tal cosa existe. Mira una y otra vez las mismas cosas, pensando a cada tanto algo diferente que sin embargo sabe a la misma ausencia. Tal vez si algo cambiara, sólo una vez sería un amable recordatorio de que sigue vivo, pero las cosas permanecen siempre igual, inmóviles, ajenas al tiempo, y a la madrugada que se deja asomar en el frío colándose por debajo de la puerta
¿Así se sentirá la eternidad? ¿Cómo un eterno preámbulo a la madrugada? ¿Es acaso también una clase de insomnio esperar con los ojos abiertos a que llegue un rayo de luz a nuestras habitaciones frías?, ¿Será que en el fondo estamos acaso tan vacíos como los pasillos de una biblioteca a las tres de la mañana?, con tanto silencio metido en las venas, ¿Quién puede atreverse a soñar?
Las interrogantes comienzan a pesarle en los párpados, y comienza la lucha del vaivén de unos ojos que quieren dormir y una mente que se niega a entregarse a tal desnudez. Sabe que será el final de la partida si lo domina el sueño. Se levanta y se prepara la séptima taza de café. Tamborilea los dedos sobre la mesa, intenta no pensar en ella. No quiere invocar de nuevo su rostro, sus ojos, sobre todo esos ojos que forman los túneles por los que ha de caer cada noche. Dormir es volver a sus brazos asfixiantes de mujer que vive al otro lado del espejo. Se aferra a la vigilia como lo haría un gato a la pared: arañándose el alma.
Sus ojos van de nuevo de un punto a otro como una mariposa en cautiverio, suben por encima del refrigerador y se brincan luego a la cerradura de la puerta, recorren la mesa de punta a punta notando los restos de azúcar esparcidos en el mantel, en el piso no hay nada nuevo, está limpio, las persianas cerradas, las tazas acomodadas sobre una repisa que necesita una mano de pintura, la tetera somnolienta sobre la estufa y comienza de nuevo en círculos. De pronto siente una suave caricia sobre la espalda, lo recorre como un escalofrío, lo besan en la nuca pausadamente con un aliento suave y puede percibir un aroma de vainilla y rosas, que sabe a puesta de sol en verano.  
Ya no está solo, sabe que por fin lo ha vencido el sueño, o tal vez sólo acaba de despertar...

Alexandra C.


lunes, 3 de febrero de 2014

Ventanas que no dan al horizonte

Fue a mediados de Marzo que descubrí la grieta en la pared. Era una grieta como cualquier otra: de unos quince centímetros, horizontal, irregular y que tenía un pequeño agujero al borde de su nacimiento. Lo más obvio hubiera sido ignorarla, dejarla ahí sin preguntar más, después de todo, ésta no era mi casa; era solamente un piso en el que viviría por una temporada hasta que fuera necesario mudarme por motivos de trabajo o cuando la renta ya no fuera tan accesible. Yo no había construido el lugar ni debería preocuparme por lo que ocurriera en ella, pero a decir verdad, desde el momento en que vi ese pequeño orificio en mi pared, (porque aun siendo inquilina era mi espacio), no hacía más que pensar en ella. Y es que me resultaba curioso no haberla notado nunca antes, ¿cuánto tiempo tendría ahí? ¿Desde cuándo era observada por la obscuridad que se escurría por ella? ¿Cuántos de mis pensamientos no habrían decidido escapar sigilosamente por ahí cuando yo simplemente los había dado por perdidos?

La miraba de noche, quedaba justo arriba de mi cama, ¿Sería eso la causa de mi insomnio? Tal vez a los sueños les asustaba la ligera ventisca que se colaba por ese espacio. Cerraba los ojos e intentaba imaginar como un pequeño haz de luz de luna bajaba por aquel espacio y me recorría la piel como lo haría la luz de sol por la madrugada, entonces sentía que sería inútil cerrar puertas y ventanas, estaba condenada a la exposición perpetua del medio ambiente, nunca más contaría con la privacidad de lo hermético, no podría esconderme más del mundo cuando estuviera agotada por que justo sobre mi cabeza yacía un ojo vigilante, párpado entreabierto del cielo sobre mi tejado.

Seguramente lo más sencillo hubiera sido clausurarla, tapiarla con un trozo de madera, untarle cemento fresco y cubrirla de pintura, o cualquier otra solución obstructora, sin embargo, sabía que en el fondo la grieta seguiría presente, por más que intentara cubrirla sería tan inútil como el maquillaje que cada mañana esparzo en las bolsas bajo mis ojos para intentar cubrirlas, por más que lo intente, las noches sin dormir vuelven a salir a flote el púrpura delator de su huella. Así la grieta esperaría el mejor momento para hacer su triunfal reaparición a pesar de los recubrimientos que pudiera colocar sobre ella.

Una noche me las ingenié para montar una silla sobre el tocador y mirar a través de ella, a pesar de su estrechez, alcancé a divisar el resplandor de una luz, aunque no podría haber sabido a ciencia cierta si se trataba de una lámpara, de una estrella, o de la pupila de un gato que me mirara recíprocamente. Sentí una delicada caricia del viento nocturno, y aspiré el aroma de la calle, ese que sólo puede percibirse cuando ha caído el sol.

Ya había pasado casi un mes desde mi hallazgo cuando me sorprendí mirándome desnuda frente al espejo, no con el vanidoso afán que me motivara en otros tiempos a la medición obsesiva de mis curvas, sino con ojo de microscopio buscándome en la piel resquicios por dónde pudiera, sin que yo lo notara, escaparse poco a poco mi alma. Giraba una y otra vez frente al cristal, me estiraba la piel de la espalda y entre los muslos, buscaba grietas en mis pantorrillas y detrás de las orejas. Pensaba que si tan fácilmente se me había escapado la aparición de una segmentación en la pared, la misma suerte correría con mi propio cuerpo cuando empezara de pronto a resquebrajarse sin que yo lo notara hasta que me encontrara ya totalmente hecha pedazos.

Es normal que las casas, cómo las personas, tengan ventanas y puertas naturales, que han sido fabricadas con el afán de mantener una sana comunicación entre lo interior y lo externo. Sin embargo todas ellas son predecibles y controlables. Uno puede, ante una luz muy brillante, cerrar las ventanas o los ojos. Darle un portazo a quién no es bienvenido y cerrar la boca cuando no es prudente continuar una conversación. Las aperturas más impúdicas se mantienen siempre cubiertas, igual que las entradas a los sótanos o armarios que deben, por algún motivo permanecer cerrados. El dar a luz implica la mayor apertura que uno puede experimentar en su vida, y es que, literalmente, algo se rompe para poder dar paso a la nueva vida. Un extraño de pronto viene de nuestras entrañas y se desliza como bajando las escaleras de un portón hasta llegar al mundo.  No es de extrañar que al encontrarnos frente a un cuerpo sin vida, nuestro instinto primero sea el de cerrarle los párpados, ya sea porque no queremos que nos mire ese vació o porqué nadie sabe nunca que encontrará al mirar por las ventanas de una casa abandonada.

¿Tendremos grietas también las personas? ¿Qué escapará por ellas? Me perturbaba la idea de desnudarme frente a alguien más y que bajo su mirada externa se hiciera evidente algún accidente por el cual pudiera asomarse  a lo que existe en mi fondo, echarle un vistazo a lo que yo nunca he podido visualizar. En eso consistía era la verdadera desnudez y era un pensamiento escalofriante que me recorría de punta a punta sólo de invocarlo.

Una grieta no deja de ser una herida, como cuando al cocinar por accidente se rebana uno el dedo e inmediatamente fluye por el un rojo manantial que debe ser contenido por la presión, permitiéndonos una mirada rápida a el material que nos compone; luego viene el dolor, porque se trata de una invasión que fastidia a nuestras células nerviosas, y posteriormente, una cicatriz que se encargará de recordarnos la profanación a la que estuvimos expuestos.

La miraba y ella me miraba a mí. Sin duda las almas también tienen grietas que aparecen sin avisar en medio del calor del verano y nunca se van. Si uno se acerca lo suficientemente a las personas puede ver orificios en sus pensamientos por donde se insinúa un rayo de luz, Aunque nunca se sabe a ciencia cierta si proviene de una estrella, de una hoguera, o de los ojos de un gato que nos miran fijamente desde el otro extremo de la grieta.

Alexandra C.


jueves, 30 de enero de 2014

Pasos a seguir para llegar al infinito




No sabríamos cuál era el final si estuviera justo frente a nuestros ojos, una vez al limpiar el armario dejamos caer una bolsa en la que solíamos guardar todos los puntos, sin que pudiéramos hacer nada al respecto se fueron rodando por todas partes: debajo de la cama, del tocador, por la coladera del baño; algunos escaparon al patio y el viento se los llevó flotando en su torbellino de otoño; habíamos dejado la puerta principal abierta y varios de ellos hicieron camino de la escalera rebotando por los peldaños hasta perderse en la calle a merced de las llantas de los automóviles. Recogimos todos los que pudimos, intentamos limpiarles el polvo, pero algunos habían sufrido daños y ahora estaban hechos trizas, tenían orillas dobladas o simplemente estaban partidos a la mitad. 

Son una cosa delicada los puntos, es por eso que hay que saber guardarlos bien, mantenerlos lejos del sol y de la humedad, preferentemente en una bolsita de fieltro, fuera del alcance de niños y gatos y dónde puedan dormir plácidamente hasta que uno los requiera para finiquitar cualquier asunto. Entonces, se debe saber muy bien también dónde es que se ha dejado, porque hay historias que no han podido terminarse nunca a causa de ese olvido, que por cierto, es más frecuente de lo que aparenta. No son reutilizables, el punto es un ente tan comprometido que una vez que se le ha dado una función no se desprenderá jamás de ella, y siendo un objeto tan valioso, aún no ha nacido alguien tan valiente como para poner los suyos a la venta. Entre los que han pasado por una tragedia como nuestra pérdida, hay historias de quienes se han aventurado a conseguirlas en el mercado negro, sin embargo, siempre terminan dando mucho a cambio de malas imitaciones que resultan ser únicamente comas limadas por sus orillas para redondearlas, y al momento de querer utilizarlas sólo vuelven a su estado original

Otra cosa muy distinta son las comas, esas por elásticas pueden guardarse en cualquier cajón y no les pasa nada nunca, además, cualquier persona bien educada tiene un dote tan grandísimo de las mismas que no hay miramientos para utilizarlas, si por alguna extraña razón uno llegara a perderlas, bastaría con salir a tocar la guitarra en la plaza central pidiéndolas de propina y es seguro que se volvería a casa con los bolsillos repletos de ellas. No se rayan, ni se manchan y si se les cuida bien, es posible incluso reutilizarlas en caso de extrema urgencia.

Los puntos que logramos rescatar los fuimos usando poco a poco para situaciones indispensables, aunque a veces olvidábamos nuestra escasez y en medio de la discusión poníamos un tajante punto que veíamos de esa manera morir inútilmente. Sacamos otro a colación el día que nos despedimos de nuestra juventud porque eso sí que era irreparable, pero creo que fue nuestra tendencia existencialista lo que nos hizo que acabáramos más rápido con nuestras reservas al usarlos de tres en tres en las preguntas que lanzábamos al aire y se quedaban sin respuesta.

Una tarde de domingo con la ociosidad del verano, sacamos del cajón un par de interrogantes y dos exclamativos para intentar recortarles el punto de su base, sin embargo, fue inútil, la calidad era evidentemente deplorable y apenas intentábamos usarlos se nos despegaban de las sentencias, el ejercicio sirvió únicamente para desprendernos gratuitamente de algunas preguntas y gritos que hubiéramos podido hacernos con ellos.

No sé en qué momento por fin se terminaron, pero con el tiempo aprendimos a vivir de esa manera. Hace años que dejamos de querernos, pero  no podríamos separarnos nunca del párrafo en el que cohabitamos dando vueltas infinitas. Quizá, incluso hayamos muerto, pero no hay ningún punto disponible para preceder al “fin” de nuestro libro, desde entonces no sabemos lo que es abrir capítulos nuevos y estamos destinados a permanecer eternamente en ésta habitación a la que algún día llegamos como inquilinos, y en la que cada mañana sin excepción hacemos una esmerada limpieza con la esperanza de encontrarnos pegado a las patas de la mesa, o cabizbajo escondido en un rincón al último punto que pueda traernos la libertad que sólo conocen los finales.

Alexandra C.

domingo, 26 de enero de 2014

Crecimos entre catedrales





Crecimos entre catedrales y santos, con el olor a domingo y el dolor de lo ajeno, nos fuimos haciendo mayores con el repiquetear de las campanas a las once de la mañana, ecos que se quedarían grabados en nuestra memoria como una llamada al viaje que no debía nunca de hacerse. Nos fuimos acostumbrando a verle los ojos a  un cristo colgado en la cruz hasta hacernos a la idea de que nunca resucitaría y que a nosotros tampoco nos quedaba bien eso de encontrar la gloria al tercer día. Los miércoles sabían a ceniza y todas las semanas eran santas, nos quemaba las manos la cera de las velas y el alma nos la hacía arder la llama de las preguntas irresueltas. Aprendimos a callar las voces de las tías rezando la novena y a escuchar únicamente el salmo de los tiempos futuros que algún día iban a deslindarnos del pueblo con las calles y las mentes empedradas por el paso del tiempo.
Y sin embargo, fue a fuerza de ver los atardeceres cayendo entre los techos de casas llenas de secretos y libros empolvados en sus bibliotecas que nos hicimos a imagen y semejanza de la antítesis de lo que hubieran predicado nuestras madres. Reconozco que no hubiera podido hacerlo sin él, no habría podido huir si él hubiese decidido quedarse a contemplar desde el más alto de los montes el ir y venir de una vida en bucles de repeticiones infinitas. Pero ambos escuchamos las voces del anticristo sagrado aullar desde la colina a media noche y entendimos que era tiempo de partir, porque para permanecer juntos debíamos salir a darle la vuelta al mundo en direcciones opuestas pero a un mismo paso.
Leer siempre fue pecado, pero leer entre líneas fue lo que nos mandó a la perpetua hoguera del fuego interno. Y con el amanecer de nuestra primera juventud empacamos las palabras robadas de las bibliotecas para probar si en otros desiertos sonaban menos huecas, nos hicimos con ellas una armadura y ¡a pelear Sancho con los molinos! -Elemental mi querido amigo, elemental.- te decía con un guiño mientras andaba a la casa del conejo blanco.
Llego el tiempo de las campanas que por nadie se doblaban, de las puertas entreabiertas y los párrocos suicidas. Emigramos al sur y al norte por caminos amarillos dejando detrás migajas de pan.
-Todo es manipulación, no puedes confiar en alguien que sigue creyendo en un espíritu santo cuando es ya mayor de edad.
-No creo que en realidad ese sea el problema
-Si no es el problema es la base de ellos, míralos, construyendo iglesias en el aire y lamentándose de caer en el vacío de una vida sin propósitos, ¿Qué esperar de quienes tienen puestas todas sus esperanzas en el más allá?
-Tú y yo hemos salido bien librados ¿No lo crees?, estamos vivos. Vivos, esa es la palabra que busco, es lo que puedo ver en tus ojos sin importar que el tiempo se nos venga encima, es lo que siento cuando te miro y lo que sé que llevo por las venas. He encontrado mayor fe en la más hereje de tus palabras que en la “divina santidad” dando conferencias masivas los domingos por la mañana, y también sé que es lo único que importa. Si algo he aprendido de ellos es que después de la crucifixión viene la gloria.
- me gustaría vivir en un lugar donde no fuera necesaria la sangre para la absolución de los pecados
-Y a mí me gustaría estar ahí para construirlo contigo.
No sopló en la cara el viento de los jueves y sus ramos, y lo vi arrodillarse ante un altar para jurar una eternidad en la que no creía. Fue entonces que se rompió el hilo que nos mantenía lejos del minotauro. Empezaba a preguntarme si era el tiempo en que la vida venía por nosotros a reclamar los ciclos que le habíamos interrumpido. Te seguí leyendo en cada página y me tomaba un café a tu salud con las campanas de las cinco en esta ciudad en la que nadie parece escucharlas. En las suelas de los zapatos se nos han de haber quedado restos de las cenizas que dejó tras de sí el incienso de nuestro pueblo mágico, por más que intentáramos negarlo, fue en ese pequeño paraíso donde mordimos nuestra primera manzana, para luego cultivar con sus semillas un huerto para los dos.
-Un niño que no aprendió a rezar en su infancia nunca sabrá cómo encontrar las armas para negar cada palabra del sacramento. Alguien que no contempló por horas las alas de los ángeles de cerámica no sabría que las suyas deben ser más fuertes para no romperse, sólo quién ha sido obligado a arrodillarse sabe cómo ponerse en pie.
-Hay quienes viven con todo eso y siguen poniéndole altares a la virgen de la soledad. ¿Qué nos hace diferente de ellos?, ¿las circunstancias?, ¿La inteligencia?, ¿de verdad crees que tenemos algún mérito en ser de ésta manera?, ¿qué no hemos llegado a éste punto por azar del destino? Y si eso fuera cierto: ¿No habría en nuestra existencia algo que tal vez afirmara todo aquello que nos esforzamos a negar?- Los labios y las manos le temblaban y parecía querer pisar un poco más fuerte el acelerador, pero el ritmo del tráfico se lo  impedía, algo similar a lo que nos ocurrió siempre al pensar de forma más precipitada que el resto, teníamos que aprender a ajustarnos a un ritmo impropio. En realidad yo no tenía idea de a dónde íbamos a parar, pero en aquel momento sentí que por primera vez podría dejarme conducir a ciegas por donde él decidiera, en pensamiento, palabra, obra y omisión. Yo también quería pisar el acelerador y volar por encima de todos, no había respuesta que pudiera contener la oleada de preguntas que nos iba acechando conforme se asomaban las narices de la primavera por la ventana del coche.
Una vez tuve un sueño en el que corríamos por una calle llena de hojas de otoño y porches vacíos, soñé también un bosque de palabras entre las que intentaba encontrarte, soñé tu muerte y soñé un barco que podía viajar por encima de los puntos finales, te soñaba de todas esas formas y era mi modo de saber que seguíamos vivos.
-Sólo prométeme que no te tirarás a las vías del tren Ana. Prométeme que vas a montarlo, que vas a conducirlo, que vas a fabricar sus rieles y dirigirás a sus empleados, decorarás sus interiores, elegirás las rutas y los tiempos. Pero sobre todo prométeme que vas a viajar en el hasta encontrarme.
Tan cerca del final daba un vuelco el tiempo hasta encontrarnos después de clases en medio de la lluvia peleando por un libro como una manera infantil de aprender a tomarnos de la mano. Crecimos entre bibliotecas y llantos, entre el ir y venir de los creyentes en torno a la crucifixión de los días. Era necesario traer clavos en los bolsillos para clavarnos a martillazos la filosofía en la palma de nuestras manos. Crecimos entre atardeceres y campos. Entre el ir y venir de las maletas en el aeropuerto, caminando para encontrar el oeste del sol,  con la ardiente fe de no creer en nada. No necesitábamos buscarnos más porqué ya nos habíamos encontrado una vez y para siempre, y entonces, como en el principio de los tiempos: Se hizo la luz.


 Alexandra C.